Un saludo de fin de año
Este fue un año especial para mí. Terminó un ciclo de más de cuatro años (desde mediados de 2002), en que traté de reencauzar mis proyectos profesionales, luego de otros cuatro años (1998-2002) en que pasé por la mayor crisis personal de mi vida, durante el tiempo en que fui Decano de una Facultad de Ciencias Sociales. Durante esa época, también la Argentina pasó la peor crisis desde que se organizó como país. Parece que mi pequeña catástrofe fue parte de una gran catástrofe.
Tengo una todavía ligera intuición, que quizás explore más adelante con mayor detalle, en la cual asocio esa catástrofe con una doble incapacidad. Por un lado, la incapacidad de las Universidades como instituciones para construir un conocimiento apropiado a las sociedades y culturas en la era de la mundialización. Por el otro lado, mi propia incapacidad para admitir que uno de los grandes ejes de mi trayectoria vital anterior a esa pequeña catástrofe no podía conducir a otro resultado que comprender la primera incapacidad, la de la Universidad como institución.
El final de este ciclo me encuentra en un nuevo proyecto, el Instituto de Políticas Públicas.
La gestación de este Proyecto tiene algunas raíces fuertes. En primer lugar, mis hijos. Los cuatro mayores, ya crecieron. Con orgullo (y machismo) mediterráneo, resumo su/mi crecimiento en mi primogénito, Pablo Rabey Flores, que piensa y vive tan distinto a mí, y al cual quiero tanto que le dejé toda mi biblioteca de hasta 1997. Ya es antropólogo (lo único que formalmente comparte conmigo, además del primer apellido), docente y pichón de investigador. Muy buena suerte, y gracias, hijo, siempre contás conmigo. Y asocio mi nuevo crecimiento en mi hijo menor, Nahuel Rabey Aparicio, que me vuelve a enseñar a ser padre. Gracias chiquitín, porque me volviste a dar motivos para vivir. Y gracias y los mejores deseos a ustedes tres, mis retoños mujeres, Eva, Adriana y Lucía, las hermanas de Pablo. Ustedes están contribuyendo a demostrar, cada una a su hermosa y diferente manera, que las mujeres son, ciertamente, la mitad de la espléndida aventura humana.
La segunda raíz fuerte de mi nuevo proyecto es esta extraña Argentina, parida en la catástrofe nacional del cambio de siglo. Una Argentina que pasó de la sensación de autodisolución y caída al infierno a un nuevo optimismo colectivo, casi todavía sin nombre, y que ya no es un optimismo argentino, sino continental, americano, como en los tiempos de Bolívar y San Martín. Para mí, que participé activamente en el vertiginoso proyecto político que culminó el 25 de mayo del 2003, este optimismo tiene nombre, y empieza con K. En este fin de año y comienzo de mi nuevo ciclo, mis buenos deseos son para todos, incluyendo también a aquéllos que le dan otros nombres al optimismo colectivo.
La tercera raíz fuerte son mis compañeros y compañeras de proyecto. Dos de ellos (Eva y Fabiola) están en mi familia. Otros, son compañeros de trabajo, como el Gallego, Fabio, Fernando, Luis, Eduardo y Aritz. Con otros me he encontrado armando el proyecto. Con todos ellos, y también con mis hijos e hijas, y con mis compatriotas (los que comparten conmigo el proyecto grande, el del optimismo, que es la apuesta al futuro), levanto mi copa y brindo.

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