EL IMPERIO Y LOS REBELDES:
Hacia una coalición de los amantes de la vida (1)



Mario Rabey
1982



Durante las últimas dos décadas, un sordo rumor comenzó a crecer en los centros dominantes de la civilización contemporánea: la humanidad está en peligro, a causa del rumbo que ha tomado la historia en los últimos miles de años, rumbo que se ha fortalecido en los últimos dos siglos.

Éste no es un rumor nuevo. Quizás todas las civilizaciones antiguas lo hayan experimentado, en la forma de mitos apocalípticos, antes de desaparecer.

En nuestra civilización, los rumores comenzaron a correr ya hace tiempo. Al principio, era gente aislada que protestaba aquí y allá contra los males más evidentes: la despersonalización creciente, el estilo de vida cada vez más rutinario de la mayoría de las tareas, la desigualdad social, el carácter cada vez más destructivo de las guerras, y así sucesivamente. Uno de los países donde estas propuestas y críticas se formularon con mayor fuerza fue Alemania, antes y después de la Primera Guerra Mundial, en torno a las posturas neo-románticas, donde la oposición a la artificialidad de la vida urbana y el retorno a la naturaleza y a sus virtudes constituían algunos de los temas centrales. Desgraciadamente, éste fue uno de los componentes fundamentales de ese cóctel terrible de donde surgió la pesadilla nazi.

Después de la guerra y del rápido reparto del mundo entre las dos superpotencias emergentes, cada una de ellas se encargó de planificar, en su respectiva área de influencia, la llegada de una Edad de Oro definitiva. Para el capitalismo, los males propios de su estilo de vida –la explotación, el lucro, las diferencias de ingresos entre clases sociales y entre países, el aburrimiento y la violencia- pronto terminarían`, para dar lugar a una era de progreso indefinido, gobernado por la sabiduría de la ciencia y la eficacia de la tecnología. Para el comunismo, la violencia contemporánea en todos sus aspectos, incluida la ejercida contra sus propios ciudadanos, era un mal necesario: “la violencia, partera de la historia”, según Marx, debía durar un tiempo para dar lugar, ahora sí, a la victoria definitiva del proletariado y al reino de la justicia y el bienestar universales.

Pero un creciente movimiento comenzó a oponerse a esas visiones. Dentro de las culturas centrales de la civilización contemporánea (Europa Occidental y Oriental y USA) aparecieron, por todos lados, los opositores. Siempre reprimidos, aunque con distintos métodos. En el bloque “oriental” con los tanques. En el bloque “occidental” con la cooptación y el cambio de significados: el sistema tragándose a los rebeldes, incluyéndolos. En ambos bandos, para enfrentar a los rebeldes más pertinaces o cuidadosos, las fuerzas armadas, las policías secretas (y a veces no tan secretas) y sus técnicas de disuasión, incluido el derecho penal.

Fuera de las culturas centrales, en Asia, África y América Latina, comenzaron a surgir movimientos populares que no respetaban las reglas de juego de las culturas centrales. Es la “Tercera Posición” (en la jerga del argentino Perón), la “no-alineación” (en la del yugoslavo Tito y el egipcio Nasser). Surgen los movimientos populares anticolonialistas, afirmadores de identidades nacionales, que expresan la resistencia de otras tradiciones culturales, algunas de ellas milenarias, al avance homogeneizador de las culturas centrales del hemisferio norte. La resistencia cultural de los pueblos también fue reprimida. Para ello, se usó un conjunto de métodos, centrados en dos grandes modalidades: por un lado, el ingreso osmótico de ideas y prácticas de la izquierda y la derecha tal cual fueran construidas durante los siglos XIX y XX en Europa; y, por el otro lado, la formación de coaliciones circunstanciales por fuera de los movimientos populares (que generalmente también incluyeron componentes –básicamente partidos políticos- clásicamente de derecha e izquierda), orientados a impedir la consolidación de aquellos movimientos populares.

Sin embargo, la represión imperial contra los rebeldes ha tenido un éxito relativo, tanto en el interior de las culturas centrales, como en las culturas locales en resistencia.


REBELDES DE ADENTRO Y DE AFUERA

En las culturas centrales del “Oeste”, la rebelión se fue desatando en oleadas: opositores a la guerra, bohemios, existencialistas, la generación beat (beatífica, en la interpretación de Jack Kerouac, una de sus grandes figuras), luchadores y luchadoras por la libertad sexual, militantes de la liberación femenina, hippies, fueron abriendo sendos frentes de batalla. Por otro lado, muchos científicos, numerosos intelectuales y toda clase de gente en general tomaron conciencia del riesgo ecológico, de la amenaza representada por el abuso de la técnica sobre la naturaleza, tanto la naturaleza interna del ser humano como la externa: plantas, animales y ecosistemas enteros en peligro. Habitantes de barrios, pueblos y regiones comenzaron a exigir respeto por su identidad, a pedir una buena calidad de vida (contacto con la naturaleza, contactos sociales satisfactorios, espacios para la creatividad individual y colectiva), en lugar de un creciente acceso a servicios y bienes de consumo superfluos.

En las culturas centrales del “Este”, las rebeliones enfrentaron fundamentalmente al autoritarismo del sistema político y tendieron a exigir una forma más democrática de tomar las decisiones. En las fronteras interiores de las culturas centrales aparecieron también las rebeliones de los localismos y particularismos culturales: negros, indios e hispanos en USA, irlandeses en Gran Bretaña, vascos en España, entre otros, han venido reclamando crecientemente el respeto por su identidad y un grado de autonomía mayor.

En el Tercer Mundo, mientras tanto, muchos Movimientos Populares fueron atacados, expulsados del gobierno u obligados a transacciones. Sin embargo, a la vez que afirmaron la identidad cultural en sus respectivas naciones, generaron un fermento que se expandió por el mundo.

En China, el maoísmo, apoyado al principio en el imperio soviético y su versión civilizatoria oriental, rescató buena parte de la tradición cultural china, desde la profunda cosmovisión del Taoísmo hasta sofisticadas tecnologías alternativas como la acupuntura. En la India, la revolución ghandiana, conectada con los aspectos más profundos de la tradición religiosa de Occidente –el “no matarás” del Antiguo Testamento y el “ama a tu prójimo como a ti mismo” del Evangelio-, revitalizó también la tradición india, desde la fina cosmovisión brahmánica centrada en la compasión hacia todos los seres vivos, hasta las técnicas de organización social aldeanas y las técnicas de producción artesanales. En Argentina, el peronismo asumió la identidad de un pueblo cuyas raíces son europeas en parte, pero también amerindias: rescató como método de cohesión sociocultural y política la fiesta colectiva, el encuentro ritual multitudinario. En los tres casos –y en muchos otros- los pueblos rescataron la dignidad de la autoconciencia, la regulación de su propio destino y el sentimiento de autonomía.


EL DESPERTAR DEL TERCER MUNDO

Frustraciones diversas, producto de errores internos y de acciones externas, disminuyeron el poder creativo de estos movimientos. Sin embargo, el fermento quedó, y siguió operando tanto dentro de sus propios contextos nacionales, como en el resto del Tercer Mundo y aún dentro de las propias culturas centrales.

Así, en el último cuarto del siglo XX, surgieron varios movimientos populares centrados en la afirmación de la identidad cultural, con distinto éxito.

Uno de los casos más notables fue el de la revolución iraní liderada por Khomeini. Aquí, el pueblo, aglutinado en torno a sus valores culturales y religiosos tradicionales, se rebeló contra la experiencia occidentalizadora del Sha Reza Pahlevi y derribó su gobierno, por medio de un movimiento no violento donde las multitudes desarmadas enfrentaron a uno de los ejércitos mejor armados del mundo.

Es cierto que, después de su ascenso al poder, el movimiento de Khomein juzgó y mató a cientos de opositores. Pero hay que recordar que quienes más se indignaron con ello fueron los miembros de la opinión “bienpensante” de las culturas centrales, que había olvidado muy pronto los cientos de miles de norteamericanos y vietnamitas muertos pocos años antes en la guerra de Vietnam, que había olvidado las toneladas de Napalm que quemaron vivos por igual a combatientes y a civiles, a adultos, a niños y a bebés; que había olvidado las toneladas de desfoliantes químicos que convirtieron grandes extensiones de selva en chaparrales.

El “despertar” del Tercer Mundo produjo también efectos notables en el interior de las propias culturas centrales. En éstas, el sacudimiento producido por la creciente toma de conciencia acerca del callejón sin salida en que se encuentra la civilización contemporánea generó, entre otras cosas, un interés renovado sobre las tradiciones culturales del Tercer Mundo, tanto en lo que se refiere a su núcleo ideológico-cosmovisional, como en lo referente a su stock tecnológico. Pero ya no era un interés teórico, como el que habían sustentado durante décadas los antropólogos, ni un interés estético, como el de algunas vanguardias del arte.

Entonces, entre fines de la década de los ’70 y principios de los ‘80, serios y sesudos profesores formulaban una economía budista (E. F. Schumacher), reflexionaban sobre las analogías entre la física moderna y el Tao (Fritjof Capra), elaboraban una filosofía abierta a las cosmovisiones no europeas (Henrik Skolimowsky) proponían principios integradores de la evolución biológica y cultural basados en la sabiduría de los Vedanta hindúes (el argentino Amílcar Herrera en “La larga jornada”).

Pero la influencia del Tercer Mundo sobre las culturas centrales no sólo produjo cambios en sus explicaciones científicas y filosóficas, sino que contribuyó a una importante propuesta de revolución tecnológica que se gestó para intentar responder al desafío planteado por la crisis ecológica, energética y alimentaria que sufre el planeta. En todo Occidente aparecieron centros de investigación y desarrollo de tecnologías apropiadas que, siguiendo el ejemplo del creado por Schumacher en Londres, emprendieron el rescate y perfeccionamiento de técnicas de pequeña a mediana escala, económicas, diversificadas y ecológicamente bien adaptadas, originarias de los más diversos contextos culturales del planeta y que habían corrido el riesgo de desaparecer ante el avance de las tecnologías producidas por las culturas centrales.


... Y LA VIDA COTIDIANA

Simultáneamente, otros aspectos más cotidianos de la cultura de los países centrales participan en la adopción de estilos “tercermundistas”. La moda femenina, la alimentación, la música joven y la medicina son sólo algunos ejemplos. En los cuatro casos, las adopciones se produjeron con modalidades diferentes, de acuerdo al grado de control ejercido por parte de las instituciones más centrales de la civilización.

Pero, con distintas variantes, el sistema tiende a absorber, en mayor o menor medida, las innovaciones importadas desde el Tercer Mundo y, a su vez, se las reenvía convertidas, paradojalmente, en componentes del colonialismo cultural, un proceso de uniformización y masificación a escala planetaria.

George Harrison tocando la cítara, la macrobiótica (y en general, las culinarias vegetarianas), la acupuntura, las sicoterapias de vanguardia de California, la moda folk, todas hermosas manifestaciones de la diversidad cultural, son puestas en el mismo paquete que la música disco, las píldoras “infalibles” (para curar enfermedades verdaderas, imaginarias o inventadas) y el horno a microondas. El resultado es un avance más en la destrucción de la identidad cultural de los pueblos. Todo se va haciendo muy variado, pero muy parecido en todas partes: una gran mezcla, con los componentes bien repartidos por todo el planeta.

Pero este es un proceso muy difícil de controlar para las instituciones imperiales. Porque se da en una escala planetaria y porque involucra a muchísima gente –toda la población de la Tierra-. Y entre tanta gente hay muchos, muchísimos, rebeldes que producen perturbaciones no previstas por las instituciones centrales. Como ejemplo de la diversidad de perturbaciones que se pueden producir, voy a describir dos casos tomados de nuestra realidad, la del cono sur de América Latina, ubicados en niveles de complejidad bien diferentes, pero que tienen que ver, ambos, con la música y la gente joven. El primero ha sido tomado de la cultura urbana; el segundo, de algunas culturas campesinas muy locales.


LA NUEVA MÚSICA POPULAR

El primer ejemplo es el impresionante matrimonio que se ha producido, en los últimos años, entre la música rockera –de tipo universal- y varias expresiones folklóricas regionales. En Brasil, este fenómeno se inició poco después del auge de los Beatles, con el surgimiento del tropicalismo, un movimiento básicamente musical, pero con alcances más amplios, pues estaba ligado a la revitalización de otros ámbitos de la cultura, como la religiosidad, las fiestas populares, e incluso la literatura y la pintura. El tropicalismo se centra en Salvador, Bahia, y es liderado por músicos muy conocidos: Gilberto Gil, Caetano Veloso, Maria Betanha, Gal Costa. Su onda se expandió más tarde a otras regiones de Brasil.

En el Río de la Plata se produjo un movimiento análogo, pero con alternativas bastante diferentes. Hacia fines de la década del ’60, aparece la música progresiva en Buenos Aires, Montevideo y Rosario. Sus primeros exponentes (Los Gatos, Manal, Almendra, Miguel Abuelo) no parecen tener y no reconocen explícitamente raíces musicales locales, si bien no son imitaciones netas de modelos importados, aunque algunos de sus miembros reconocen claras influencias de los mejores músicos de USA e Inglaterra, con la notable presencia del blues (en el caso de Manal e, inmediatamente después, Pappo). Sin embargo, en su música se filtran elementos tangueros (como en las letras de Javier Martínez: recuerdo en especial su notable Avellaneda Blues, cuya filiación tanguera hice notar ya en el texto que redacté para su primer disco, el doble de Mandioca en 1968). En Miguel Abuelo puede reconocerse la influencia de la baguala y la vidala del folklore del norte andino argentino. En esta visión, coinciden, Carnicer y Díaz (http://www.progresiva70s.com/abuelo.htm).

A mediados de la década del ’70 comienza un proceso de doble aproximación: por un lado, algunos músicos originarios de la música popular “tradicional” (como Mederos desde el tango o Tarragó Ross hijo desde el chamamé) se aproximan al rock; por el otro, músicos de raigambre rockera, cuyo ejemplo más conocido es León Gieco, incorporan elementos folklóricos. Una revista, El Expreso Imaginario, que también difunde y promociona las nuevas corrientes de la música popular brasilera y del resto de Latinoamérica, estimula el proceso y le proporciona un ámbito de difusión. Más aún, lo expresa desde un a perspectiva casi teórica, al u8bicarlo en un marco donde comparte el espacio periodístico con notas de Ecología humana y sobre distintos aspectos de la cultura indígena y popular de Latinoamérica.

En cinco o seis años, la nueva música popular argentino-uruguaya se afianza, engloba músicos y público, penetra los resquicios del aparato de difusión y genera una red de relaciones que engloba desde la música tradicional más “pura” hasta el rock más “ortodoxo”, una red donde las influencias mutuas circulan con cada vez mayor fluidez.


INVIRTIENDO EL USO
DE LOS MEDIOS MASIVOS DE COMUNICACIÓN

Paso ahora a otro contexto, mucho más local. Se refiere al uso de radios y grabadores portátiles por parte de campesinos de fuerte raíz indígena en el noroeste argentino. El grabador portátil, combinado con la radio, constituye un precioso medio para la penetración cultural imperial, dado que permite hacer llegar a las comunidades y viviendas más aisladas, incluyendo a las que carecen de electricidad, los mensajes, gustos y estilos de vida y consumo generados por las culturas centrales de la civilización actual.

Por la radio portátil llega la música de difusión masiva, Coca-Cola-refresca-mejor y propaganda política e ideológica de todo tipo. Los contenidos de la radio pueden, de acuerdo a las circunstancias, alabar las ventajas de cualquier sistema de gobierno y de vida: la publicidad es un arma (2). El audio-grabador portátil, a su vez, es el medio para, una vez lograda la adhesión a cierto tipo de música, vendérsela a toda la gente, incluyendo los habitantes de las zonas más aisladas. Su función es que en ningún rancho falten temas como los de Palito Ortega.

Pues bien, en un viaje reciente por la Quebrada de Humahuaca y las Punas de Jujuy y Salta, me encontré con un uso diferente del audio-grabador. En dos procesiones religiosas tradicionales, una de ellas con características muy cerradas y casi esotéricas, observé que algunos participantes llevaban aparatos con los que grababan la música que ellos mismos hacían. Durante los días subsiguientes, al recorrer algunos anchos de la zona, escuché varias veces la reproducción de esa música.

Uno de los aspectos más notables del caso es que, desde mediados del siglo XX, los antropólogos y otra gente hemos estado dedicados al relevamiento de las diversas culturas locales (tribales, campesinas y populares urbanas), con la convicción de que esa tarea debía llevarse a cabo con urgencia, antes que el avance de la civilización contemporánea terminara de arrasar con la inmensamente rica diversidad cultural que ha producido la historia humana. ¡Y ahora, son los propios grupos culturales locales los que están registrando las creaciones de su cultura, utilizando para ello medios que parecían destinados a acelerar su desaparición!


PARA PRESERVAR LA VIDA

La uniformización de la cultura y de los ecosistemas es un proceso destructivo, que pone en peligro la supervivencia de la humanidad y de gran parte de la naturaleza. El sordo rumor que acusa de intento de suicidio colectivo a la civilización contemporánea se ha expandido por todo el mundo y ha pasado por la boca de numerosos pueblos y muchos millones de personas que han comenzado a sentar las bases de una poderosa coalición de rebeldes conservadores de la vida y cuyo método fundamental consiste en la afirmación de la propia identidad y en la construcción permanente de formas nuevas sobre el cimiento de la identidad.

(1) La versión original de este artículo fue publicada en Pan Caliente, Nº 2, pp. 14-15, julio de 1982. La que presento aquí, en febrero de 2007, tiene solamente algunas modificaciones menores, que únicamente actualizan el contenido del trabajo.

(2) En 1982, cuando este artículo fue escrito, las radios FM no escapaban, en líneas generales, a esta descripción. Constituyeron medios de difusión de la producción musical masiva de las grandes compañías y de propaganda política local, con un uso indiscriminado y masivo del material periodístico (y, obviamente, político e ideológico) de los medios de comunicación masiva. En Argentina, recién diez años después, tímidamente, empezaron a aparece radios de contenido alternativo, que construyeron su programación, primero sobre el tango y luego sobre el rock progresivo. Sobre este tema, ver el artículo de Alfredo Arri en